“Los bigotes del león”, entrevista a Rodrigo Hobert.

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Rodrigo Hobert es Doctor en Ciencias Sociales y docente-investigador de la UBA y de la UNTREF.

En esta entrevista realizada por el Lic. en Sociología Matías Cambiaggi. Hobert. analiza en términos conceptuales y prácticos las dinámicas del poder y la participación en relación a diferentes hitos de la historia reciente que podemos situar desde el 2001 en adelante.

La entrevista completa abre puertas a un análisis crítico de nuestros tiempos.

– ¿De qué manera considerás que se dio la dinámica de participación social desde el 2001 hasta estos últimos años?

 

Creo que inicialmente habría que distinguir algunos aspectos. Por un lado la cuestión de la participación y por otro el tema del poder que, al fin y al cabo, es por lo que se participa, se discute, se actúa en términos colectivos. Pero además es indispensable comprender que existen múltiples formas de participación y de interpretación sobre aquello que es el poder. Tantas formas como representaciones por las cuales se participa. Es por esto que la participación social en los últimos años tuvo distintas modalidades y fundamentos que hacen imposible sostener que sea exclusiva de un sector social, o que haya tenido una dinámica organizada hacia un sentido. Todo esto comprendido en el contexto de la Argentina post 2001. La crisis sociopolítica y económica, desgarró un tejido político partidario, mediático y empresarial que sostenía la legitimidad de sus relaciones de poder. Un tema que había dejado cuestionarse luego de la dictadura militar y del casi inmediato triunfo neoliberal de 1990. De un modo u otro, los principales actores de la política argentina efectuaron pactos explícitos y tácitos tendientes a evitar cualquier cuestionamiento a las relaciones de poder que les daban sustento y continuidad. Por eso el 2001 emerge como momento del agotamiento de una modalidad de ejercicio del poder. Agotamiento pero no extinción, que son cosas distintas. Se reorganizan los pactos dentro de la estructura dominante como consecuencia de la gravedad de la situación socioeconómica y de su deslegitimidad como bloque de poder. Esta reorganización fue similar a las que efectúan las casas matrices con sus sucursales. Transferencias de recursos y quita de apoyos, que dejaron colgados de un pincel a un importante sector dentro de los partidos tradicionales y del sindicalismo. Esto acentuó el desgranamiento que la UCR venía sufriendo, indujo a una fuerte disputa dentro del PJ, e impulsó a que el MTA ganara terreno dentro de la CGT. Todo esto mientras las conducciones empresariales eran cuestionadas internamente por su apoyo a las políticas económicas recesivas y el Poder Judicial comenzara un proceso de agrietamiento respecto de sus vínculos subsidiarios del poder económico. Sin la base de sustentación mediática, empresarial y judicial con la que contaban los partidos tradicionales y el sindicalismo, y con altos niveles de conflictividad social, la participación colectiva logró abrirse paso como expresión y acción de cambio. Ocupó, aunque descoordinadamente, la brecha que fue dejando la alianza de poder en su reorganización. Una alianza que para mediados de 2001 ya había agotado su modelo de dominación y que tuvo que tomar la decisión estratégica del paso atrás para poder tomar carrera y avanzar de un salto una vez que volviera a recuperar fuerzas. Un desensillar hasta que aclare. Es en este contexto que emergen las asambleas populares como forma de participación colectiva. Inicialmente fueron participaciones desorganizadas que condensaron distintas propuestas y expresiones de descontento social que en muchos casos ya venían conformándose y movilizándose frente a los procesos de pauperización de mediados de los noventa. Entonces la participación social tiene un punto de regeneración en el proceso del 2001 que la potencia en términos cuantitativos y cualitativos. Así es que se fueron dando casi en paralelo y cooperativamente dos situaciones. Por un lado el repliegue estratégico de los sectores dominantes y por otro el incremento de la acción colectiva y de la participación política. El repliegue dejó aislados a distintos sectores de la política partidaria nacional, obligándolos a una reconfiguración general para pilotear la crisis de gobernabilidad en un contexto de elevada conflictividad, desocupación, pobreza, caída del poder adquisitivo, cesación de pagos, etc. Las experiencias inmediatas de Rodríguez Saá y Duhalde fueron ensayos tendientes a estabilizar una situación inmanejable desde el repertorio neoliberal. Justamente el acuerdo que logra Duhalde con las distintas estructuras partidarias locales y nacionales, le da el aire indispensable para poder capear la tormenta y salvar de la catástrofe tanto al PJ como a los restos de la UCR y del establishment local. Es en este contexto en el que confluyen los piquetes y las cacerolas. Ahorristas y desocupados. Sectores medios y altos con los sectores populares. Indignados y empobrecidos con los desamparados. Una coincidencia circunstancial sólo posible por la multiplicidad de intereses que fueron tocados entre el 2000 y el 2002. Y digo circunstancial porque la participación social de los sectores medios y altos previo al 2000 había estado centrada en las formas y no en el contenido del proceso neoliberal. Se centraba en críticas epidérmicas sobre la Ferrari de Menem, la corrupción y el clientelismo, bien lejos de todo cuestionamiento sobre la acumulación de riqueza del capital financiero trasnacional, las privatizaciones, la desocupación y la pobreza. Es el tan mentado honestismo que sosiega, regocija y dinamiza la participación y las adhesiones políticas de las clases altas y de un sector importante de las clases medias. Y del otro lado estaban los sectores populares y las clases medias empobrecidas que habían padecido con mayor gravedad el impacto de las políticas neoliberales y que sufrieron la estigmatización sistemática por parte de los sectores medios y altos y de sus órganos ideológicos. La confluencia circunstancial le otorgaba gravedad al contexto sociopolítico porque era identificada a priori como una suerte de frente popular anti neoliberal, anti política, anti sistema. Una identificación errónea, pero comprensible dado el contexto de incertidumbre que se atravesaba. Y esta lectura fue compartida tanto por los referentes de los partidos nacionales como por gran parte de la izquierda local. Pero una vez que Duhalde logró garantizar el pacto de gobernabilidad, esa confluencia fue diluyéndose hasta desaparecer. Y ahí la participación fue retornando a sus cauces naturales, a sus modalidades clasistas y sectoriales.

 

– ¿En qué sentido clasistas y sectoriales?

 

En el más puro. La idea de colectividad, de colectivo integrador que plantearon las distintas participaciones sociales del 2002 se diluyó rápidamente conforme se logró la estabilización del sistema político y el reacomodamiento de las variables macroeconómicas después de la caída del uno a uno. Fueron medidas certeras que le permitieron a los partidos tradicionales, fundamentalmente al PJ, quebrar ese frente popular amorfo e imaginario y hacer volver a los sectores medios a su juego. Las cacerolas rápidamente volvieron a estigmatizar a los piquetes. Es cierto que tampoco era difícil quebrar ese frente imaginario, porque las contradicciones propias y los intereses de cada sector tornaban en inviable su continuidad. No era difícil, pero sí era urgente. Indispensable para evitar que se profundizara la crisis de gobernabilidad. Este rápido quiebre le permitió reorganizarse al gobierno de transición de Duhalde, plantearse como árbitro en la interna del PJ y hacerla jugar como interna abierta en las elecciones nacionales del 2003. Conforme se desarticularon las distintas confluencias clasistas, se fue asentando el estado de efervescencia social y comenzaron a desarticularse las acciones colectivas, pasando a acciones sectoriales basadas en intereses específicos de distinta orientación. Por eso es que el empleo del término de participación social es tan amplio y general que impide ver cuál es su génesis y cuáles son sus dinámicas. Es necesario deconstruirlo. Creo que es indispensable comprender que las expresiones de participación tienen sus propias dinámicas, no siempre organizadas en función de intereses concretos. De ahí que a veces potencien y otras tantas conspiren contra el empoderamiento colectivo. Es por esto que es necesario comprender que la participación social no constituye per se una modalidad de fortalecimiento democrático, sino que aquello que se difunde como participación social puede responder a intereses sectoriales que poco o nada tienen que ver con los intereses generales de una sociedad democrática. Y en esta línea lo democrático obra como significante vacío. Cada sector social vuelca su propio sentido de clase sobre aquello que entiende deber ser lo democrático. De ahí que para cada sector la democracia puede significar el respeto a la Constitución, a las leyes o a su estilo de vida. Se declama eso. Pero en sí expresa la necesidad de garantizar sus derechos individuales. Por eso no es extraño que haya sectores que sostengan que participan por más democracia y al mismo tiempo los convoquen temas como la lucha contra la corrupción, la inseguridad, la mano dura, la baja en la edad de imputabilidad, que se garantice la libre circulación por las calles y que se repriman los cortes, que se despidan empleados públicos pero que no haya desocupación, que se persiga a los jóvenes y a los pobres, pero que no haya casos de gatillo fácil. Por eso no todas las experiencias de participación social, ni siquiera la mayoría, tendieron a cuestionar el núcleo duro del poder en Argentina. Muchas expresaron movimientos episódicos de carácter sectorial. Por eso algunas obraron como acciones defensivas y otras con carácter progresivo. Es la diferencia que se dio entre quienes salieron a manifestarse contra la Resolución 125 en el 2008, y los que lo hicieron para apoyar la promulgación de la Ley de Matrimonio Igualitario o la de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Estos casos son significativos porque respondieron a intereses de sectores específicos de la sociedad, pero tuvieron orientaciones diferenciales que dieron fundamento a la participación masiva. La primera estuvo volcada a garantizar las cuotas de ganancias de un sector agroexportador minoritario. Las otras dos estuvieron destinadas a ampliar los derechos civiles de una minoría o a garantizar el derecho a la información en términos colectivos. Es interesante porque estos ejemplos expresan en términos generales los dos principales vectores de la participación ciudadana. Participaciones defensivas y progresivas. Sectoriales y generales. Y sin lugar a dudas el éxito del establishment, su legitimidad como bloque dominante, está en lograr convertir sus intereses particulares en intereses generales. Hacer que un pobre se movilice y vote por los intereses de un rico, creyendo que se moviliza y vota por sus propios intereses. Que los inmigrantes estigmaticen a otros inmigrantes. Que los excluidos reciten el libreto de los incluidos como si fuera propio. Las víctimas votando y saliendo a la calle para defender los intereses de sus verdugos. Esto, que puede resultar inverosímil, da cuenta de la extraordinaria multiplicidad de motivaciones que hacen a la participación social.

 

– Mencionaste ejemplos que ocurrieron durante el gobierno de Cristina Kirchner ¿Cómo considerás que dio la participación colectiva en esos años?

 

Es difícil ocultar el incremento general de la participación colectiva en la última década. Si el post 2001 rompió la inercia neoliberal y dinamizó la participación, el kirchnerismo fortaleció esas dinámicas de participación generando una multiplicidad de políticas públicas que fortalecieron la institucionalidad y la legitimidad de la acción ciudadana. Con esto me refiero a todas las formas de participación, no necesariamente a aquellas que acompañaron las políticas de Estado. Creo que no debe haber existido en estos años un ámbito de la vida pública en el que no se haya contemplado a la participación como una modalidad viable y eficaz para la transformación de la realidad. Esto fue producto de la lucha colectiva, pero también de una forma de conducción estatal que fue centrando sus políticas hacia el respeto a la diversidad y a la participación. También emergieron otra clase de participaciones vinculadas con la legitimidad social de las medidas progresivas e inclusivas del Estado. El apoyo a un modelo de Estado, de economía y de una cosmovisión sobre cómo, hacia qué dirección y para quién gestionar. Estas expresiones también conjugaron aspectos defensivos y progresivos. Es útil recordar que la sociedad argentina estaba acostumbrada a tipos de participación restringida. Esto fue consecuencia del éxito de los grandes procesos de disciplinamiento social que se vivieron. Básicamente en torno a la represión estatal y paraestatal, destinadas a garantizar y ampliar los márgenes de ganancia de los sectores más poderosos de nuestro país y del capital trasnacional. Y digo un gran proceso porque excede a la dictadura genocida de 1976 a 1983, o al de la Argentina posterior a septiembre de 1955. La praxis disciplinadora la podemos hallar en la Semana Trágica de 1919, en los fusilamientos de la Patagonia, en el accionar delictivo de la Liga Patriótica, en las leyes de inmigrantes, e incluso en la reacción unitaria después de Caseros. Durante gran parte de la historia de nuestro país hubo una continuidad represiva que moldeó una pedagogía de la participación colectiva. Por eso la participación política popular supo tener características defensivas, clandestinas y vehiculizadas por la violencia. Una violencia que fue respuesta a la violencia estatal y paraestatal, y se erigió como método de defensa y organización. Esto es algo que no suele recordarse en las revisiones sobre la historia política contemporánea. Mucho menos cuando se analizan los últimos años con una vara que excluye intencionalmente a la historia cercana de nuestro país. Suelen haber análisis políticos que se paran sobre lo episódico y son sesgados, porque no incorporan una visión macro sobre el fenómeno. No incorporan el plano de la continuidad en las prácticas y tienden a concebir a los individuos que forman parte del Estado como si se tratara de autómatas orgánicos. Esto no es así. El Estado, como toda organización compleja, posee múltiples experiencias y trayectorias articuladas. Individuos colectivizados dentro de organizaciones complejas y movilizadas por intereses complementarios y a la vez contradictorios. Esto nos permite comprender por qué, a pesar de los esfuerzos de los gobiernos kirchneristas para generar políticas de Estado orientadas a ampliar y garantizar la participación y a modificar la matriz represiva estatal sobre la protesta social, no lo hayan logrado de manera total, simultánea y eficaz. Los distintos hechos represivos sobre la protesta social de la última década, sus modalidades, expresan esa diversidad compleja que representa al Estado y a sus fuerzas de seguridad. Incluso si en términos ideales hubiera existido una simultaneidad de eliminación de las prácticas represivas del Estado nacional, ésta no hubiera impactado de la misma manera sobre cada uno de los Estados provinciales que continuaron con su matriz represiva durante estos años. De hecho ocurrió así. Porque más allá de los avances normativos y formativos del kirchnerismo en materia de seguridad, persisten cosmovisiones y procedimientos violentos dentro de cada institución y fundamentalmente en la sociedad. Se puede decir que existió una clara intención de parte del kirchnerismo para revertir y desmontar ese paradigma. Por eso es que, más allá de la falta de continuidad y de la masividad de esas políticas, vale destacar los intentos de distintos actores dentro del Estado nacional y de las políticas públicas para modificar una matriz represiva y característica de la vida política de nuestro país. Creo que es necesario establecer esa distinción. Por un lado el vector que rigió las políticas públicas, y por otro el componente humano, cultural e histórico, que fue moldeando cosmovisiones, intereses y prácticas opuestas a las directivas estatales. De esa coexistencia derivan distintos hechos de violencia institucional, no necesariamente buscados, pero si previsibles. Porque además de los hechos represivos dirigidos a suprimir la protesta social, hay que recordar los innumerables que se dieron como producto de la violencia institucional y paraestatal hacia los jóvenes y los sectores marginales. Y esto explica la vigencia de un paradigma represivo que conspiró contra los intentos gubernamentales que buscaron poner freno a la violencia institucional en el último lustro. Una violencia que se alimenta de la discriminación social y que es fomentada y ampliada por los medios de comunicación masiva. En este contexto se observa una alta participación social. Participación que fue producto de las luchas populares, porque fue la conjunción de intereses colectivos lo que permitió configurar nuevos límites para la acción represiva estatal. Los traumas del 19 y 20 de diciembre, las masacres de Floresta y de Avellaneda, sintetizaron décadas de represión e impunidad, y se constituyeron en límites de lo posible. Le marcaron la cancha a la sociedad y a sus representantes. Por eso el impacto que generó cada uno de los hechos violentos en los que estuvieron implicadas las fuerzas de seguridad después del 2001. Desde el asesinato de Carlos Fuentealba hasta el de Mariano Ferreyra, pasando por el asesinato de Luciano Arruga, la desaparición de Jorge Julio López o los innumerables casos de abusos y de gatillo fácil en el país. De ahí que si bien es cierto el incremento de la organización y de la participación popular, incluso de la movilización de sectores comprometidos con los intereses del capital concentrado, también lo es que se hayan incorporado nuevas modalidades estatales para enfrentar esas movilizaciones. Pero eso fue fruto de un cambio colectivo. De nuevas demandas y nuevos límites que fueron consecuencia de décadas de lucha frente a la violencia institucional. Hablo de la participación en términos de movilización, del empleo del espacio público para la visibilización y la petición. De organización colectiva.

 

– ¿Ves una correspondencia entre la dinámica movilizadora que se generó durante el kirchnerismo con la participación de los movimientos sociales en el Estado y en la ejecución de políticas públicas?

 

Existe una correspondencia y está vinculada con el impacto positivo de las políticas del kirchnerismo en la vida social argentina. Pero no hay que confundir este vínculo invirtiendo los términos. No es que el kirchnerismo haya motorizado la movilización popular a partir de su administración del Estado, sino que el sentido de sus políticas y de su contenido ideológico fue el resultado de un proceso social mayor que le dio forma al kirchnerismo. No hubiera sido posible el kirchnerismo si no hubiera existido un proceso social que lo contuviera y dinamizara. Se utiliza mucho el argumento falaz de que si existieron movimientos sociales fue porque el kirchnerismo los financió con el dinero de los contribuyentes. Una crítica disfrazada de un mal ensayado honestismo que tiende a negar la génesis de un proceso social. Un proceso histórico que también fue consecuencia directa de las políticas neoliberales y excluyentes que se fueron dando en la Argentina desde 1955 hasta el 2003. El kirchnerismo fue producto y respuesta a ese proceso y a otros de envergadura regional y global. Por eso es falaz el argumento que emplea la derecha a través de sus medios de comunicación y que se suele replicar acríticamente. Al negar la génesis social del kirchnerismo, se pretende negar la génesis de sus políticas públicas y por ende su legitimidad y su carácter inclusivo. Si el kirchnerismo es artificial, sus políticas son artificiales. Si el Estado creó movimientos sociales, estos movimientos son artificiales. En este razonamiento anida el sentido común del medio pelo que replica el discurso mediático sobre los ñoquis. Sostienen que hay ñoquis porque los puso el kirchnerismo para crear y financiar movimientos sociales. Que son ñoquis porque son militantes y no son trabajadores. Esto a su vez niega que un militante sea trabajador, o que un trabajador sea militante. Es la negación de la política. Son afirmaciones irreflexivas preñadas de pura negación histórica y política. Destilan un profundo odio de clase. Y el objetivo es criticar a los movimientos sociales, a la participación política y al mismo Estado. En todo caso se puede hablar de organizaciones sociales que se vieron beneficiadas por las políticas públicas de inclusión de la última década. Beneficios que abarcaron a toda la sociedad y no a un segmento. O también hablar de movimientos sociales que se conformaron con anterioridad a la existencia del kirchnerismo, y que a partir de 2003 lograron acceder a la satisfacción total o parcial de sus reclamos de base. Son innumerables los ejemplos de esto. Por eso creo que es tan errado caer en una demonización del kirchnerismo, como en una mirada idealizadora y romántica sobre el rol que tuvo desde el Estado para el fomento de la participación de los movimientos sociales. Esa perspectiva que sostiene que el kirchnerismo creó la participación social, empoderó al ciudadano, u organizó a los sectores populares, es la misma que emplea la derecha como argumento para denostarlo. Ninguna de las dos es cierta.

 

– ¿Por qué no es cierta?

 

Porque si bien Néstor Kirchner, así como toda la política y lo político post 2001, fue identificado inicialmente como parte de la debacle social, y por ende, como una externalidad de lo popular, rápidamente dio todas las señales posibles destinadas a que se lo identifique a él y a la política como el producto de las demandas populares y el camino necesario para que sean respondidas. Ahí es donde surge la confusión, porque son fenómenos distintos pero que se dan en plena cooperación. La apertura de la política y del Estado para canalizar las demandas sociales, y la irrupción de las demandas sociales renovando la política y transformando al Estado para que esté en función de la sociedad. Este fenómeno dinamizó la inclusión y la participación de los movimientos sociales. Algo similar ocurrió en Brasil, Bolivia, Venezuela. Pero esta transformación jamás debió interpretarse como definitiva. No hay nada definitivo en términos sociales. Los gobiernos de Néstor y de Cristina no se estancaron en la mera inclusión y respuesta de las demandas sociales del momento. Conforme avanzaron, fueron ampliando y generando nuevas demandas colectivas. Actualizaron el sentido de lo posible, de la política orientada al bienestar general. Toda una novedad cuando se partía desde una recuperación democrática que fue sistemáticamente jaqueada por los intereses del capital concentrado. Y también fue una novedad el tipo de respuestas que brindaron frente a cada intento desestabilizador. En lugar de ceder en inclusión y bienestar, avanzaron con políticas públicas concretas como la recuperación de las AFJP, AUH, matrimonio igualitario, ley de servicios de comunicación audiovisual, las paritarias libres, los dos aumentos jubilatorios anuales, etc. Avanzaron en inclusión y protección del trabajo. Entendieron y fundamentalmente compartieron las demandas colectivas.

 

– ¿Qué nuevos interrogantes te sugiere la victoria de CAMBIEMOS?

 

La verdad que tengo muy pocos sobre qué van a hacer y muchos sobre cómo va a reaccionar la sociedad. La alianza Cambiemos está preñada de intereses opuestos a los nacionales y colectivos. Los primeros meses de gestión reafirman las toneladas de prontuarios de cada uno de los integrantes de esta alianza. Muchos de los que sabían qué iba a pasar después del 10 de diciembre se sorprenden por las medidas que se van tomando. Fundamentalmente por lo autoritario de la gestión. Creo que eso tiene que ver con una sobreestimación del carácter democrático de la derecha argentina. Por un lado hubo una correcta lectura sobre los intereses que representa Cambiemos, pero por otro se construyó un supuesto sobre el respeto que esta alianza iba a otorgarle a los logros conquistados desde la recuperación democrática. Básicamente no se puso en cuestión, ni se interpretó cabalmente la amenaza real que suponía la victoria de Cambiemos para nuestro país y para la paz social democrática. Y creo que esto estuvo vinculado con el hecho de que se asociara a Cambiemos con los noventa, con el menemismo; e incluso con el gobierno de De la Rúa. Son asociaciones muy generales que buscaron focalizar el sentido de la amenaza sobre las consecuencias del neoliberalismo. Fijate que las críticas no se centraron sobre las modalidades democráticas de esos gobiernos, sino sobre el sentido excluyente de sus políticas económicas. Por eso a muchos le resulta tan sorprendente que el macrismo gestione transgrediendo las leyes y la constitución. Y el error está y estuvo en no comprender que la derecha argentina no es democrática. Además se pensó a Cambiemos como una alianza partidaria, en términos de la conjunción de organizaciones políticas tradicionales. Pero Cambiemos conjuga intereses económicos e ideológicos que contradicen los términos de una democracia inclusiva. Articula sus decisiones en función de los intereses de los grupos económicos concentrados, con el apoyo abierto de sectores no democráticos como el Poder Judicial, el empresariado, el sindicalismo vitalicio, y los jirones del pejotismo ultra conservador. Entonces uno se pregunta cómo es posible suponer que actores que se perjudican con el desarrollo y la ampliación democrática vayan a actuar de modo contrario a sus intereses y trayectorias. Por eso digo que representan una amenaza para los intereses del país. Cambiemos tenía una estrategia inicial muy idealizada destinada a generar un shock económico financiero. Medidas mucho más violentas y autoritarias que las actuales, orientadas a garantizar la transferencia de la riqueza ciudadana a manos del capital concentrado nacional y trasnacional. Ellos mismos lo confiesan. Por eso dicen que optaron por un gradualismo. Pero esta decisión no fue por su respeto a los derechos civiles, laborales y humanos, sino por las consecuencias inmediatas que esas medidas violentas iban a generar sobre su gobernabilidad. Así y todo queda demostrado que la estrategia light del macrismo es autoritaria, violenta y extremadamente perjudicial para los intereses nacionales y colectivos. Esta situación de ajuste y transferencia de riqueza se va a ir profundizando. Tiene que ver con la propia génesis de intereses que hacen a Cambiemos. Su propio ADN va a conducir a distintos sectores de la sociedad a situaciones límite. Es la tensión ontológica del macrismo. Shock o gradualismo. Se optó inicialmente por el gradualismo por la necesidad de tiempo para llevar adelante reformas estructurales que garanticen la extracción sostenida de riqueza de nuestro país, más allá del color del partido o la alianza que esté en el gobierno. Tiempo para fijar condicionamientos económicos y financieros que limiten toda posibilidad de redistribución de la riqueza y de desarrollo nacional. Pero este gradualismo está condicionado por la obtención de resultados de corto plazo. Si se incrementa la conflictividad social y no se obtienen las ganancias y condicionamientos esperados en el corto plazo, es probable que comiencen las deflexiones dentro de la alianza. Fundamentalmente de la pata pejotista y de los potenciales aliados que puedan recolectar en esta primer etapa. No parece ser el panorama de los próximos meses. Pero un fracaso temprano en su estrategia gradualista puede agravar el ya de por si débil panorama parlamentario que presenta Cambiemos. Por eso el peligro que representa la tensión interna de esta alianza. Y el interrogante va a estar en si se deben profundizar o no las políticas de ajuste y transferencia violenta de riqueza ante una situación de alta conflictividad social, freno parlamentario y deserciones de sus aliados sindicales. Avanzar hacia el abismo de los estallidos sociales, o implementar cambios controlables. Todo esto en un contexto internacional muy complicado, con exigencias tremendas para los países alineados y dependientes del capital financiero.

 

– ¿Cómo considerás que se va a dar la participación en esta nueva etapa?

 

La pata política de Cambiemos supo interpretar el momento de la conciencia colectiva y lo utilizó con todos sus recursos para obtener una victoria electoral. Actuaron fuertemente para inclinar la cancha a su favor con operaciones judiciales, financieras, sindicales y periodísticas. Leyeron muy bien el contexto y actuaron eficazmente. En términos de nuestra historia es extraordinario que accedieran al control del Estado por el voto, en lugar de llegar por medio de un golpe cívico militar, como lo hicieron durante todo el siglo pasado. Lo que no termina de quedar claro es si ellos mismos se creen lo que vienen repitiendo sus comunicadores y editorialistas de Clarín y La Nación. Si realmente creen que la sociedad está de acuerdo con incrementar la desocupación, la desindustrialización, la pérdida del poder adquisitivo y la pérdida de soberanía. Y hablo de soberanía económica, financiera, política, alimentaria, educativa, sanitaria y territorial. Creo que es lógico que como intelectuales orgánicos sus comunicadores machaquen con esa idea, y con la de que el kirchnerismo se acabó y que con el fin del kirchnerismo se terminó el estado de bienestar. Que existía una debacle silenciada y que todos los actos de gobierno son consecuencia de una pesada herencia K. Todas estas cuestiones pueden resultar verosímiles para los consumidores de esos medios que vienen siendo manipulados desde hace décadas. Pero dudo que los que ordenan el juego en esta alianza, los que manejan los hilos, realmente lo crean. Sería un gran error si así fuera. Porque más allá de la escasa conflictividad derivada de las primeras medidas de transferencia de riqueza hacia el sector concentrado, es esperable que conforme estas transferencias impacten en el poder adquisitivo de los ciudadanos, se eleve la conflictividad. Y el contexto actual no es similar al de finales de los ochenta o de los noventa. Hubo una significativa expansión de la conciencia respecto de los beneficios de un estado social, porque se experimentaron esos beneficios. No es el recuerdo de un abuelo, ni la evocación mítica sobre un pasado glorioso. Es algo cercano y tangible. Por eso creo que sería un error interpretar como válidas las lecturas idealizadas sobre un kirchnerismo derrotado y una sociedad entregada felizmente al ajuste y al hambre. Además persiste esa concepción sobre la artificialidad de los movimientos sociales. Es una idea instrumental y autocomplaciente. Porque tiende a justificar los pasos a seguir en virtud de una lectura conveniente. Se avanza hacia el ajuste porque nadie nos para, ni nos va a parar. Ganamos y se terminó todo lo pasado. Y en términos sociales no es tan fácil la cosa. Por un lado está la sociedad, las familias, los trabajadores, los jubilados, los jóvenes, que vieron mejoras significativas sobre sus condiciones de vida en la última década. Incluso los que votaron a Cambiemos. ¿Qué van a hacer cuando ajuste el hambre? ¿Cuándo no alcance el sueldo o no haya trabajo? ¿Cómo van a reaccionar? Por otro lado están las organizaciones sociales, donde también incluyo al kirchnerismo como movimiento. Estas organizaciones no sólo están vivas y plenas de contenido, sino que además están recomponiéndose internamente. Incluso la derrota electoral puede jugarle a favor al Frente para la Victoria en términos de recambio interno y renovación. Al día de hoy todas las políticas de Macri reafirman los peligros que anunciaba el kirchnerismo. Lo que se anunció como campaña del miedo, hoy se traduce en las políticas efectivas del macrismo. Esta situación también reafirma la posición del kirchnerismo. Por eso sería un grave error leer la realidad desde el prisma del autoconvencimiento. Existen gestos y medidas muy claras destinadas a mojarle la oreja a los kirchneristas. Provocaciones innecesarias que parecieran ser síntomas de esos errores de lectura sobre la realidad. Esos actos podrían quedar en lo anecdótico si el macrismo hubiera continuado con un estado de inclusión y bienestar. Pero no es así. Entonces, de seguir en esta vía, el macrismo va a transitar por una cuerda muy floja. Presionado por los intereses económicos, con fuertes tensiones internas, con un incremento de la conflictividad social, con la caída de los indicadores de bienestar social, y con organizaciones sociales en la calle, además de aquellos que se vayan sumando frente a las distintas medidas depredatorias. Por eso creo que no es sensato tirarle de los bigotes al león cuando uno cree que está dormido. No hay que confundir la contemplación con pasividad o entrega. En ese contexto es probable que el mismo macrismo sea el dinamizador de la participación social. No como algo buscado, sino como consecuencia de sus políticas de exclusión y de sus provocaciones.