Hacerse cargo

Tras aclarar que escribe desde un diario, “Página 12”, que nunca dejó de explicitar su respaldo al kirchnerismo, el periodista Eduardo Aliverti expone, en esta columna, las razones que a su juicio explican la derrota de su candidato. No tiene sentido alguno ocultar la desazón, pero queden establecidos sus límites.

[…] La distancia obtenida por Macri es estimable y la ola de cambio se acentuó en las provincias y ciudades de mayor peso, en unas elecciones ejemplares ratificatorias de que las denuncias de fraude son a gusto de si los denunciantes seriales ganan o pierden. Pero cuando pase el triunfalismo de estos momentos se aceptará que no es un triunfo aplastante y que la sociedad argentina quedó profundamente dividida. Las dos cosas son ciertas. Sin entrar ahora a la consideración distrito por distrito (sí destella el resultado macrista en la provincia de Buenos Aires y en sectores del conurbano, que fueron clave para que el oficialismo no pudiera descontar la diferencia en las provincias más populosas), el Frente para la Victoria estuvo en línea con los votos de Cristina en 2007, unos ocho puntos por debajo de la circunstancia excepcional de 2011 y, hoy, de vuelta a grandes rasgos a las cifras de 2007. ¡Vaya potencia electoral después de tres gestiones seguidas! Y junto con ello, la mayoría en el Senado y el cabeza a cabeza en Diputados. Pero sobre todo, el hecho de que es una fortaleza con capacidad de movilización, con un fuerte componente de convicciones ideológicas que la mayoría adversaria no tendrá ni de lejos a la hora de sus dificultades. La lista de causas veraces o verosímiles que llevaron al fracaso kirchnerista en estas urnas las conocemos todos. El desgaste lógico de 12 años de gestión consecutivos, claro. Y luego, en orden más o menos cronológico, empieza porque no se supo, pudo o quiso generar un postulante mejor. […] Todas las escaseces del candidato, como su falta de carisma, su imagen pimpinelesca visto con paladar negro, la ausencia de estatura intelectual y los etcéteras que se recitan de memoria, llevaron a que desde el palo propio hubiera más energías para cuestionarlo que para concentrarle un apoyo unificado. Así y todo, quizás y justamente por esos deméritos progres que a los sectores populares y a una buena parte de la clase media le importan un pito, lo ungieron […)]. Lo que siguió también se recita de corrido. Una interna desgastante; la traición de los capataces pejotistas [por PJ, Partido Justicialista] del conurbano a Aníbal Fernández, más allá o más acá de su figura perjudicada por una opereta periodística atroz; enfrente, un marketing sin fisuras apto para mostrarse no como una derecha que será despiadada sino cual un simpático manual de autoayuda y, para no agotar, esa decisión de un Daniel Scioli “ideologizado” que habría restado todos los votos que eran probables por fuera del universo K. Dudoso: hasta el 25 de octubre el gobernador bonaerense fue todo lo moderado –todo lo Scioli– que le reclamaban los medios de la oposición, pero resulta que con ese diseño o autenticidad no le sumó votos al Frente para la Victoria. Ni con la imagen moderada ni con la combativa. Y luego la tierna sonrisa de María Eugenia Vidal, y que la campaña K se fagocitó en actos cerrados mientras la chica y su jefe anduvieron a puro timbre y contacto físico, y lo insufrible de las cadenas nacionales y todo eso que no sirve porque agota y es conocido. Cabe agregar o poner en primer término, como uno de los datos que pueden hacer comprensible la derrota, el tema de la gestión sciolista en la provincia de Buenos Aires o, más preciso, en el conurbano. Traiciones aparte, se perdieron Lanús, Morón, Quilmes, su ruta. Está claro que algo se hizo muy mal, y/o que el imaginario popular en esos bolsones no dimensionó (de vuelta: comprensiblemente) que la alternativa será peor. Mucho peor.

Hecho el recorrido, rápido, se pregunta cuántos de todos esos aspectos sirven para justificar que una mayoría de la sociedad se haya volcado hacia el instrumento ganador. Instrumento. Esa es la palabra. Mauricio Macri es el vector del poder económico de siempre. Él será simplemente quien administre el apetito voraz de ese polo. Y el pueblo estaba avisado, con pelos y señales. Ningún voto podrá ampararse en que se le escapó la tortuga. Tras campañas anodinas en primarias y primera vuelta, se terminó exponiendo y discutiendo en cantidades y calidades que pueden exhibir pocas sociedades en el mundo. Hubo el debate presidencial que tanto se reclamaba, en virtual cadena nacional y con una audiencia inédita. Los archivos sobre ambos candidatos circularon hasta el cansancio, al igual que los modelos que encarnaban. Que nadie diga que no estaba advertido. […] Los que votaron por más Estado; los que lo hicieron por más mercado; los que están mejor pero se cansaron de las costumbres oficialistas y fijaron eso como elemento decisorio; los que están hablados por los medios; los que están hablados por sí mismos; los cabeza lavadas y los cabeza rapadas, como señaló Luis Brusch­tein en su columna del sábado en este diario; los que priorizan la corrupción como ingrediente sustantivo; los que la entienden como inevitable en cualquier gobierno de todo tiempo y sitio, y que nunca la extienden al mundo de los negocios privados y con el Estado. Los que entendieron que las conquistas laborales y otras cuantas ya son irreversibles. Los que saben que siempre se puede ir para atrás. Lo que se haya votado fue a plena conciencia de realidad o imaginario. Con toda la información a cuestas. […] Y eso también involucra a los jóvenes que no vivieron el infierno de hace tan poco tiempo, porque a esta altura de la circulación informativa, bien que tantas veces desinformante, no hay excusas para hacerse el desentendido. La gente adversa al oficialismo jugó lo anti en primerísimo lugar. No fue el bolsillo, esta vez. No hay una Argentina incendiada ni a punto de. Los niveles de consumo de las franjas medias y populares están intocados en lo sustancial, genéricamente descriptos, por fuera de escenarios problemáticos como el de las economías regionales. La transición es normal y hasta ejemplar, si se coteja con los antecedentes del final de Alfonsín, de Menem, de De la Rúa. Ha quedado clarísimo que las fuerzas populistas, en la acepción más favorable del término, acaban teniendo problemas serios con la gente a la que le mejoraron la vida. ¿Deben enojarse con esa gente? ¿O en esencia entender que el inconformismo es inherente a las grandes masas incorporadas al circuito de inclusión social y posibilidades de progreso?

Igualmente, es de subrayar que no hacía falta esperar al resultado del domingo para corroborar que el modelo o la energía construida en estos años corría peligro. Si ganaba, bien. Pero aun con su derrota es inmodificable que será una corpulenta minoría de alta intensidad, mientras que el poder contrario no se asienta en una “ciudadanía” susceptible de ganar activamente las calles en defensa del egoísmo dolarizado, o del odio de clase, sino en unos sectores del privilegio que harán su agosto y, después, hasta más ver. Porque ellos nunca pierden en el volumen de sus negocios. Nunca. Ayer –otra insistencia– confrontaron los dos proyectos de toda la vida de este país, desde que se constituyó en Estado nacional, a fines del siglo XIX.

No hubo, para votar, nada que nuestra historia ya no haya explicado.