El neoliberalismo y el maldito poder

Según el Subcomandante Ituzaingó.

El proceso de globalización es una búsqueda de medios para enfrentar la crisis de acumulación capitalista. Y se traduce en una presión de los intereses de los grupos económicos que exigen mecanismos de flexibilización para la movilización de capital y para la organización del trabajo. El neoliberalismo es su expresión política.

Estructuralmente, el neoliberalismo se caracteriza por las profundas modificaciones que se presentan en la naturaleza del empleo y del mercado asalariado. Estas se reflejan en los cambios de los patrones de consumo y en las modificaciones tecnológicas. Esto resulta en una concentración de las actividades relacionadas con el procesamiento de la información y de servicios en desmedro de las actividades industriales tradicionales. Resulta entonces una polarización entre los trabajadores altamente calificados y tecnológicamente orientados al capitalismo y la masa de trabajadores ocupados en sectores dependientes del trabajo manual poco calificado.

Por ello es interesante señalar las “filtraciones intelectuales” de ciertos funcionarios, como Gabriela Michetti, quien afirmó: “Basta, basta, basta, el modelo de Macri es India, el modelo de país que quiere Macri es India, la Argentina es un país de servicios, basta de industrias”, y agregó: “Vamos hacia un modelo agroexportador y de servicios, basta, basta de industrias.”

(http://mundoempresarial.com.ar/nota/297343-vamos-hacia-un-modelo-agroexportador-y-de-servicios-basta-de-industrias-gabriela-michetti)

Es evidente que el proceso que vive nuestro país no es ni nacional, ni latinoamericano, sino que es mundial.

Los multimedios, posmodernos desde su raíz, utilizan la saturación de imágenes e información, lo cual ha sido ampliamente analizado. Pero lo que se debe analizar más a fondo es su influencia en el desarrollo sobre el proceso de formación identidad y subjetividad. Es una cultura viciada de lo visual y vaciada de contenido, en oposición con aquella de la información y la circulación impresa. Es también esencialmente consumista, abundante, saturada, fragmentada y descartable. Apela al placer inmediato y es onanista en su esencia.

Lo que se transmite es que no hace falta leer ni evaluar mucho, porque es necesario dedicar ese tiempo a producir.

¿Cuál es el precio de esa comodidad? Lo que en apariencia se consigue sólo con dinero, en realidad, se paga también con terribles consecuencias sociales.

A cada derecho le corresponde la responsabilidad de defenderlo, y la delegación de esas responsabilidades en nombre de la comodidad es la base del engaño capitalista y es una máquina de fabricar lúmpenes.

Nuestra impotencia y la conciencia de nuestra falta de poder crecen en directa proporción en que crece nuestro conocimiento de lo que pasa alrededor. En tanto el poder, el maldito poder, se recicla en una identidad social y cultural fragmentada, líquida, descentrada, desconstruida y hasta infiltrada en nosotros mismos.

Pero es cierto también que otra cultura existe. Entonces, ¿cómo debe esa otra cultura abordar el desafío de combatir el neoliberalismo? ¿Reordenándose o afirmándose en sus convicciones ideológicas?

Lejos está de mí presentar la solución, pero pretendo plantear la cuestión al campo nacional y popular: ¿podemos combatir este sistema basados en el dogmatismo de las ideologías? ¿O es necesaria una formación crítica que vaya más allá de determinados intereses sectarios, y que implique una unificación táctica hacia una estrategia antineoliberal? En este sentido, la construcción de la contrahegemonía resulta urgente y necesaria.