Dominio, violencia y sin sentidos

Por Luciano Martín Sillitti.

 

En el contexto de las atrocidades que la humanidad alcanzó en el siglo XX (genocidios, campos de exterminio y bombas atómicas) los fundadores de la Escuela de Franckfurt, Max Horkheimer y Theodor Adorno, llevan a cabo una profunda e implacable crítica hacia la razón iluminista.

Esa razón iluminista que, se suponía, debía conducir al ser humano al reino de la libertad, pero lo había hundido de vuelta en la barbarie.

En este sentido, en su obra “Dialéctica de la Ilustración”, ambos autores, quienes tuvieron que exiliarse de su Alemania natal huyendo del nazismo, algo que su amigo y colega Walter Benjamin trágicamente no logró, advierten que la enfermedad de la razón moderna occidental radica en su propio origen: la razón se impuso para conocer y dominar a la naturaleza. Como diría Max Weber, para “desencantar” la realidad. Para desmantelar los mitos y creencias. Horkheimer dirá: la razón surgió para liberar a los hombres de la ignorancia y convertirlos en “señores”.

Así, durante el proceso de la Ilustración, el conocimiento científico es entronizado como saber supremo; el conocimiento se transforma en poder (saber es poder); y la naturaleza es conocida, dominada y rebajada al mero objeto de extracción, de consumo. (Recordemos que la Ilustración coincidió con el surgimiento, ascenso y el triunfo de la burguesía).

En la modernidad, el hombre ya no es parte de la naturaleza, de sus ciclos vitales, sino que se sitúa por fuera de ella, para contemplarla, conocerla y dominarla, para lo cual los innegables avances científicos alcanzados por la humanidad a partir de la “Revolución Científica” (Siglo XVI), resultaron fundamentales.

Pero dicha Revolución no hubiera sido posible si, antes, no se hubiera producido el cambio de perspectiva sobre la naturaleza. Esa naturaleza que pasó de ser nuestro hábitat, nuestra casa, para pasar a ser, en palabras de Heidegger mero “almacén de existencia de energías”.

Otro de los rasgos importantes que encuentran Adorno y Horkheimer es que la Ilustración opera en torno al principio de la identidad, esto es, busca lo semejante, forzando, en caso de ser necesario, la coincidencia; por eso, no acepta, rechaza, condena, somete, sojuzga, a lo otro, a lo diferente, que siempre es leído en clave amenazante.

Esa mirada sobre la otredad bien puede ser una de las causas que expliquen la conquista, explotación y exterminio que desde los distintos poderes se llevaron a cabo sobre otros seres humanos durante la modernidad.

Sin embargo, Adorno y Horkheimer advierten que este interés de la Ilustración por el dominio, ya estaba presente en el mito, que precisamente intenta explicar, por tanto, controlar y dominar. Así, sostienen que “el mito es ya Ilustración”; o sea, el origen de la Ilustración es el mito.

De esta manera, el proceso de la Ilustración es un proceso de desencantamiento del mundo que deriva en un proceso de racionalización,  alienación y cosificación.

Sin embargo, en “Dialéctica de la Ilustración” ambos autores también señalan que “la Ilustración recae en mitología”, lo cual nos habla de la “venganza” de la naturaleza sobre el hombre, porque según Adorno y Horckeimer, la racionalidad iluminista llevó a cabo el proceso de conocimiento y dominio de manera tan profunda, que no sólo eliminó el mito mediante el conocimiento científico (ya no hay lugar para el mito, para la explicación mitológica, para lo no corroborado por la ciencia), sino que también eliminó el sentido.

El sentido de nuestras acciones, de la vida humana.

Por eso, desde esta perspectiva, el hombre occidental (al menos en la mayoría de los casos) se encuentra alienado y, como diría Castoriadis, navega en la instrascendencia, porque sus acciones no tienen sentido, son el mero vacío. Ese vacío existencial del cual muchos intentan huir mediante todo tipo de estrategias (consumo desenfrenado; adicciones; violencia; etc.).

Muchos años antes, Friederich Nietzsche, uno de los pensadores que más contribuyó a resquebrajar el poder omnímodo de la razón iluminista, había hecho un diagnóstico parecido: “el desierto avanza”.

Un desierto que, a juzgar por la situación en que encuentra gran parte del mundo, no dejó de aumentar y crecer a nuestro alrededor.